Sobre el Sacramento de la Confesión. Entrevista al Padre Spiridon del Monasterio Petru Voda (II).

miércoles, marzo 07, 2012 Posted by JDavidM


Cuando se es confesor, ¿hasta dónde llega la indulgencia con el pecador y en qué momento empieza el riesgo de desviarse de las enseñanzas de los Santos Padres? ¿Hasta dónde llega la epitimia y comienza una peligrosa indulgencia por parte del sacerdote?

- Lo mismo que cualquier médico, nosotros, los sacerdotes, no tratamos sólo determinados síntomas, tratamos a un enfermo, un enfermo espiritual,  que puede que esté atravesando un cierto estado interior que ni él mismo conozca, incluso, puede que ni sepa cuáles son sus pecados. Muchas veces, los sacerdotes monjes preguntamos a quienes vienen a confesarse (a los monasterios): “¿No será que hiciste esto si esto…?” Porque muchas personas se confiesan en parroquias de la ciudad, así, sumariamente, y es en este punto cuando venimos a encontrarnos con situaciones graves. De hecho, (en los monasterios) estamos acostumbrados a encontrar personas que ni siquiera saben que determinada cosa es pecado.


 Es exactamente a donde quería llegar, a esas “confesiones sumarias”

- Sí. Y esa superficialidad no hace más que adormecer la conciencia, mantener a la persona en ignorancia, en ceguera espiritual.


Cuando la persona se confiesa así, “sumariamente”, cuando se le da a entender que lo que hizo no es realmente tan grave, ¿está poniendo en peligro su salvación?

- Sí. Porque sale fortalecido en las ideas erradas que tenía antes de confesarse. “No es gran cosa lo que hice, Dios es muy bueno y me perdona”. Pero, si decimos que Dios es bueno, ¿por qué sobrepasarse con Su bondad? ¿Por qué no hacer todo lo posible para amarle con todo su corazón, para amarle en verdad? ¿Por qué no intenta al menos honrarle, respetar Sus mandamientos? ¿Acaso no es eso lo que dice Jesús? “El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama.” (Juan 14, 21).


En el mundo actual existe una gran oferta de tentaciones y de proposiciones que difieren radicalmente con las enseñanzas dejadas por los Padres de la Iglesia. ¿Cómo puede convencerse al hombre contemporáneo, especialmente si no es creyente, de la autenticidad de la palabra de Dios, de la necesidad de regresar a esa práctica?

- Voy a explicárselo de una forma muy simple. Si el individuo llega a tener la oportunidad de encontrar un padre espiritual íntegro, un asceta, un hombre avanzado en la búsqueda de la santidad, no habrá necesidad de más vueltas o palabras. El mismo ejemplo de vida del sacerdote hablará por sí solo y le convencerá. Me viene a la mente algo escrito en un libro que contiene distintas enseñanzas a través de la vida de los santos. Se habla ahí de un conocido padre espiritual, un “stárets”, llamado Antonio, que era conocido por su capacidad de obrar milagros. Una vez, vino un grupo de peregrinos a visitarle, sabiendo que probablemente era la única oportunidad que tendrían de conocerle en vida. Todos estos peregrinos llegaron preparados con un montón de preguntas para hacerle al anciano, a excepción de uno, que durante todo el encuentro permaneció callado. Cuando salieron de la habitación del santo hombre, los demás le preguntaron con curiosidad y extrañeza al peregrino que estuvo en silencio durante la visita: “¿Y tú, por qué no le hiciste ninguna pregunta?” A lo que éste respondió: “Para mí fue más que suficiente haberlo visto”. Hablamos aquí de un hecho maravilloso, sucedido a aquel que descubrió a Dios en el rostro de un verdadero guía espiritual. Por supuesto, esto sólo sucede de acuerdo con la capacidad de abrir el corazón, que tenga cada uno.

(…)

- He observado algo realmente preocupante desde hace ya varios años. Muchas personas vienen a confesarse, muchos con pecados realmente graves. Puede que en su momento ellos no se hayan dado cuenta de la gravedad de esos pecados. Y, luego, el confesor les dice: “Por tus pecados no te autorizo que comulgues y habrás de seguir un determinado canon de penitencia durante algunos años”. En ese momento, talvez el penitente no entiende la dimensión del asunto, pero ni bien ha pasado un año o dos, viene al monasterio, triste, a decirle al confesor: “Padre, ¿cuándo podré comulgar? porque (si Usted recuerda) vine a confesarme y fui absuelto de mis pecados…” ¿Por qué se pregunta esto el creyente? Porque vive en una corriente completamente laxa, en la que observa que otros con pecados semejantes o más graves, pueden comulgar en las parroquias de la ciudad. Por eso se pregunta: “¿Por qué este sacerdote monje es así de severo y no me deja comulgar?”. Y aquí regresamos al problema de la renuncia a si mismo. Él no tiene confianza en la guía espiritual de su confesor, es más, le juzga por no permitirle recibir esos Santos Sacramentos. Actuando así, el individuo está dejando de dar el primer paso para ser discípulo de Cristo, que es, precisamente, renunciar a uno mismo. Porque dice claramente Nuestro Señor: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mateo 16, 24). Si no das ese primer paso, que Jesús te pide en el Evangelio, no podrás ni ser discípulo Suyo, mucho menos obedecer a tu confesor.

Es lo mismo que con los médicos. Si un doctor le dice al paciente: “Tu enfermedad es seria, tendremos que seguir un tratamiento severo, doloroso, largo…” Agregando:”Quieres sanarte?”, el individuo responderá, seguramente: “Sí, doctor, haga lo que crea conveniente”. Porque las personas confían en los médicos, le temen a la simple idea de morir. Pero, cuando se trata del confesor, no siempre piensan lo peligroso que sería desatender sus prescripciones (…)



¿Puede deberse esto a que la persona no puede ver materialmente la realidad espiritual con la que el confesor “opera”?

- Puede ser también que el individuo esté cayendo en desobediencia.  No hace lo que se le ha prescrito. No sigue su canon de oraciones, no renuncia a su modo banal de vivir, no lee lo que le ha recomendado el confesor. Y, en este punto, podría recomendar una gran cantidad de libros: a San Juan Casiano, la Filocalía tomo I, San Tikón de Zadonsk, “La guerra invisible”, etc. Muchos dicen: “No tengo tiempo para leer”. Y entonces, ¿Cómo podríamos instruirnos, si ni siquiera estamos dispuestos a hacer un pequeño esfuerzo de lectura?


En otras palabras, rehusando hacer lo que le ha recomendado el confesor, ¿está el individuo juzgándole?

- O simplemente está escogiendo entre lo que le dice el sacerdote. Y esto es también un engaño. (…)  Porque el individuo se está poniendo a sí mismo en un nivel más alto que aquellos que nos enseñaron el camino asceta, cuesta arriba, angosto, que nos lleva con certeza al Reino de Dios, tomando el otro que es más fácil, pero que lleva a la aflicción.


Muchos ven al confesor como un juez. ¿Cuál es el rol del sacerdote al confesar? ¿Qué es el sacerdote para el creyente que se confiesa con él?

- Es un pastor espiritual. Si confía totalmente en su confesor, como lo hace el niño con su padre, si existe entre ambos una relación completamente sincera, de confianza total, en la que acepta todo lo que le dice el sacerdote: “¡No volverás a hacer esto o esto de hoy en más!”. “Padre, pero es difícil…” “No. Haz lo que te digo”. Quien tiene semejante confianza y obedece en todo a su confesor, es entonces cubierto con la gracia de Dios y estará en el camino correcto, así como lo dice el Salvador: “Mi juicio es recto, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió.” (Juan 5, 30). Así obra el verdadero hijo espiritual del confesor; según el modelo dejado por el mismo Jesús en el Evangelio.

(…)

- Si es diligente y lee los escritos de los Santos Padres, buscando humildad y continencia, el cristiano no vivirá en engaño. Esto, a pesar de que los tiempos que nos toca vivir son verdaderamente peligrosos para la búsqueda de la salvación. Le explicaré por qué, comenzando con algunos ejemplos concretos de la vida del Redentor. Antes de comenzar su vida pública, se retiró en soledad durante 40 días y 40 noches, en las que no comió ni bebió nada. Finalmente, cuando empezó a aparecer el hambre, apareció también el maligno y quiso tentarle de tres formas distintas.  La primera, la satisfacción del vientre, la segunda fue la tentación de la falsa glorificación y la tercera la de las posesiones terrenales. A todas ellas venció Jesús, siendo que era no sólo hombre, sino Hijo de Dios hecho carne.

De igual manera que el Salvador fue tentado de estas tres formas, lo somos nosotros. Y encontramos además en el Evangelio de San Mateo, después de este episodio con las tentaciones, que durante un tiempo Jesús fue dejado en paz por parte del astuto, para luego retomar su guerra contra Él. ¿Qué pretendía el maligno? Quería lograr que Jesús quebrantara  Su amor y obediencia plena hacia el Padre. Y no lo logró, fue derrotado. Entonces, ¿qué hizo? Intentó que Jesús infringiera el mandamiento del amor al prójimo. ¿Cómo? Por medio de las tentaciones que vinieron a través de la  maldad y la envida de los fariseos y de los publícanos; el maligno quería lograr que Jesús los llegara a odiar, que los castigara. No obstante, Él conocía bien la naturaleza de esta lucha espiritual, respondiendo al mal con bien, venciendo su animadversión con el amor, soportando el mal que le hacían con gran paciencia. Precisamente para esto fue que Dios se hizo hombre, atendiendo a las palabras de San Máximo el Confesor, quien en una conversación fue preguntado por alguien: “¿Por qué no logro amar a mis enemigos?”, a lo que el santo respondió: “No lo consigues porque no conoces el propósito del Señor”.

Cuando fue tentado, Jesús no transgredió ni el mandamiento del amor a Dios, ni el mandamiento del amor al prójimo. Dice también San Máximo el Confesor algo muy interesante: “Para que alguien pueda cumplir este mandamiento del amor a los enemigos, debe desprenderse del mundo material; debe evitar poner más arriba de los mandatos de Dios, todo aquello que, siendo material, es, por ende, pasajero”.


Aquí es donde se equivocan muchas personas en nuestro tiempo actual, porque creen que pueden arreglárselas para poder vivir de acuerdo al confort de este mundo y, al mismo tiempo, ser buenos cristianos, miembros de la Iglesia. Se llega, entonces, a vivir en un engaño, creyendo que se puede servir a dos señores. En realidad, esto es imposible. No puedes servir al dueño de este mundo y a Nuestro Señor Jesucristo, Quien claramente dijo; “Mi Reino no es de este mundo” (Juan 18, 36)  y a la vez advierte que: “estando en el mundo tendrán aflicciones” (Juan 16, 33). Así, quien nos diga que podemos llevar una vida confortable, quien nos diga que si nos va bien en los negocios y somos prósperos, es porque Dios nos está bendiciendo, ése es un farsante. Esa es precisamente la ideología de los protestantes (pentecostales), que dicen: “Es claro que Dios está bendiciendo Norteamérica, porque está con ellos, porque les va bien, porque disfrutan sus “weekends”, porque tienen salarios elevados…” No. Basta con darle una ojeada a las vidas de los santos para darnos cuenta cómo vivían ellos. Pasaron por este mundo sin hacer de él un objetivo, porque todo lo que es del mundo es pasajero.


¿Debemos entender que Dios está sometiendo aquel país a prueba, según la forma en que se vive ahí actualmente?

- Yo diría más bien que Dios los ha abandonado.


¿Es que Dios se  ha alejado de ellos o simplemente los está inquiriendo?

- Lo diré en otras palabras: quien atraviesa por tentaciones es porque Dios lo está probando y no lo abandonará. Mas ¡pobres de aquellos a los que Dios los deja que hagan lo que les dicte su propia mente, su propia creencia, según su propia y vana imagen! Estos están en el estado más peligroso.


Los que no están en los caminos de Dios, ¿viven en ese engaño?

- Sin duda. El problema es que ni siquiera no sienten arrepentimiento. Para ellos, la ascesis que propone la Iglesia como esfuerzo necesario, es una cruz que no les hace falta. "¿Por qué ponernos esta carga, cuando el mundo nos propone tanto bienestar y tantas formas de satisfacer antojos y placeres? ¿Para qué esforzarnos tanto…?"¿Por qué tenemos que orar en rodillas, debemos mantener una veladora encendida en casa, tenemos que ayunar, tenemos que ir a la Iglesia…?”


Al no encontrar respuesta a esas preguntas, ¿el hombre se deja llevar por las formas de este mundo?

- Unos se dan cuenta que de hecho el hombre no puede encontrar su plenitud en este mundo, porque, teniendo la imagen de Dios en nosotros, no podremos encontrar descanso hasta que no nos unamos con nuestro Creador. Sólo entonces encontramos descanso (…) Fuimos hechos a imagen de Dios y, por eso, cuando nos unimos a Él viene a nosotros la felicidad plena. Esto es algo que muchos saben, aunque sólo en teoría.


El individuo que no ha llegado aún a encontrar esa felicidad plena y busca, en las cosas del mundo, una felicidad transitoria, ¿tendrá en algún momento la oportunidad de encontrar su salvación?

- Tendrá su oportunidad, por supuesto, porque también le tocará sufrir. Vendrán las aflicciones y ellas son una forma de sensibilizar al hombre. Cuando la persona llega a un estado de crisis, se pregunta: “¿Será que me he equivocado en algo?” Si el médico no me puede ayudar más, si mi hijo no sana, salgo en búsqueda de un confesor anciano de cualquier monasterio, para que me diga en qué he fallado, qué he hecho mal en mi vida para llegar a este punto. Como el relato evangélico de aquel padre que, buscando una solución para el problema de su hijo, llegó a encontrarse con los discípulos del Jesús. Llegó, nada menos que a las manos del más grande preceptor espiritual, aquel que obraba milagros, el mismísimo Señor Jesucristo. Esto sucede aún en nuestros días.




Traducción libre tomada de:
"Credinta si traditii nemtene. O perspectiva crestina asupra vietuirii in lumea contemporana". De Mihai Silviu Chirila. Editura ROTIPO. Iasi, Rumanía, 2011. 
Puede visitarse también el blog del autor  (en rumano): http://mihaisilviuchirila.blogspot.com/
Imagen principal: apologeticum.wordpress.com

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