Diàlogo espiritual con Valeriu Gafencu

viernes, mayo 16, 2014 Posted by JDavidM






Diálogo espiritual desde la prisión. Valeriu Gafencu, modelo de actitud y de pensamiento cristiano aplicado a la historia actual.



- Valeriu, ¿Cuál es el transfondo de la crisis actual?

- El ateismo.



- ¿Cómo ves el mundo de nuestros días?

-  Hay un caos interior, una descomposición que avanza hacia el nihilismo, porque las personas están obsesionadas con la nada de la materia, con la ficción de las formas, con la extenuación sensual, con el historicismo sin trascendencia, con la ceremoniosidad sin Dios, con el consumismo sin espiritualidad, con la falsedad que se esconde en el auto-endiosiamiento del hombre. Este desastre sucede en todos los frentes de la vida humana. Será necesario mucho sufrimiento para la reorientación espiritual del mundo y para cambiar su forma actual de vida.



- ¿Por qué Dios permitió que el mundo entrara en esta crisis, luego de casi 2000 años de cristianismo?

- La crisis no viene de Dios, ni de la fe, sino de la libertad de consciencia de los hombres. En los últimos siglos, la humanidad desacralizó el mundo, vació sus almas, exacerbó la sensualidad, cayó presa de orgullo del materialismo y del ateismo. Al mismo tiempo, también las fuerzas del maligno se han vuelto más incisivas y mejor organizadas que en la primera centuria cristiana. El modo en el que mueren los santos en manos de la bestia en el siglo XX, es mucho más perverso, más total, mejor estudiado, más completo que el modo en el que fueron muertos los mártires de los primeros siglos de las catacumbas. Millones de cristianos de hoy no están al nivel espiritual de aquellos de las primeras catacumbas, pero en este siglo la santidad y el martirio son más grandes que nunca, por su intensidad y diversas formas de manifestarse. Los enemigos del cristianismo, los que provocaron el martirio, quieren ahora esconder la existencia de Cristo y hacer que el mundo lo olvide, pero aún se ven impotentes. Han logrado dominar el mundo, pero con ésto han alzado también muchos santos y mártires. Han logrado cerrar la boca de las personas, pero no han conseguido cubrir la luz de los santos. Dios obra en el mundo incluso por medio de quienes no creen. Así podría descifrarse el sentido de la crisis que domina el siglo XX: una purificación necesaria para alcanzar un nivel más alto de espiritual y vida.


- ¿Cuál podría ser la manera de salir de esta crisis?

- Regresar a Cristo. Es necesaria una elite cristiana que no se aleje del pueblo, que luche con fuerza contra todas las formas de opresión y sujeción a las que éste se encuentre sometido. El pueblo no puede ser defendido sólo con oraciones y peticiones, es decir, con un formalismo seco, sino también con la lucha, con la valentía y con la firmeza.  Este mundo está bajo la soberanía de Cristo y los cristianos no tienen permitido abandonarlo. No existe una acusación más grave que cuando se dice que la Iglesia ha abandonado al pueblo, porque entonces ha abandonado a Cristo, sin importar cuántos dogmas establezca y siga respetando ella.


- ¿Por qué es necesaria la fe, en el mundo?

- Por la sabiduría con que Dios hizo al mundo. El mundo es tan imperfecto, que no hay nada pleno en él: ni los órdenes políticos y sociales, ni los económicos, ni la cultura, ni las artes y ciencias, ni las filosofías y sus creencias. Los hombres, libres y conscientes, con todo lo que dominen en el mundo, no pueden hacerse plenos sino por medio de la comunión con Dios. Si se le quita a la persona esta relación con lo divino, se vuelve entonces una bestia, una nada. La fe es, entonces, una necesidad.



 - El cristianismo ha sido desacreditado por los materialistas, diciendo que es algo retrógrado, oscuro, medieval, inquisitorial, jesuita, mistificador. ¿Qué podemos responder ante ésto?

- El materialismo que denigra actualmente al cristianismo tiene como base teórica la ciencia; bien, precisamente la misma ciencia es antimaterialista y afirma que el materialismo es tirano, limitado, mecanicista, nihilista, nefasto y desastroso. La luz del materialismo es oscuridad; los lineamientos del progresismo son contra natura, la liviandad del materialismo ha descompuesto lo normal; el humanismo del materialismo ha bestializado el mundo; las leyes del materialismo son ficticias, aunque durante un tiempo hayan atrapado el pensamiento de los hombres. La ciencia ha llegado a los límites del conocimiento material y sólo ha anclado la humanidad en su búsqueda de lo trascendente.



- ¿Cómo se puede salir de esta crisis materialista?

-Por medio de Cristo: sólo Él no es recibido en el mundo actual, nadie está dispuesto en la actualidad a modificar su modo de ver las cosas y su forma de vida, a pesar de avanzar directamente hacia el desastre. Todos estos sucesos siguen apareciendo y ni siquiera los cristianos los pueden detener. “Detengan su desenfreno, renuncien a la tiranía, ordenen su vida, pongan límites a su avidez, vuélvanse hacia la naturaleza, renuncien al orgullo, destruyan las armas atómicas; si son racionalistas, renuncien al racionalismo; si son realistas, vean ante todo su propia realidad espiritual; si buscan conocimientos, diríjanse a lo que es trascendente! Dénle a sus almas la santidad que viene de lo alto, porque sólo así alcanzarán la salvación. Arrepiéntanse. Llamen a Dios para que los ayude a poner orden en Ustedes y en su mundo, en su tierra y en su cielo! Pero que todo esto no sean sólo palabras abstractas y moralizantes. Los cristianos están llamados a estar alerta. El mundo necesita a Cristo, necesita fe y un cristianismo auténtico”.

Traducción libre del artículo aparecido en la revista Presa Ortodoxa, número 2, año 2009.

Sobre el sistema educativo moderno (extracto)

viernes, mayo 16, 2014 Posted by JDavidM






Algo propio de las sociedades postmodernas contemporáneas, es la tendencia a huir de Dios. En tales sociedades cualquier mención a la presencia de Dios en el espacio público y en los corazones de las personas es puesto bajo un signo de interrogación, cuestionado, alejado y reemplazado con rapidez. La prisa y hasta el odio con el que todo esto se hace, da la impresión que (cualquier mención de Dios) constituye ya un delito...

Los arquitectos de la sociedad atea consideran un crimen la formación de los niños, en el ámbito familiar, en el espíritu de la fe cristiana. Así, el sistema educativo es un punto basal de una sociedad en la que se niega la existencia de Dios.

Un niño que escucha las palabras del Evangelio desde la más pequeña edad, tiene todas las posibilidades  de recibirlas y trabajarlas en su madurez. Pero el niño que no las conoce, tiene muchas más posibilidades de permanecer sin fe a lo largo de toda su vida. Porque una persona que crece a la luz de la Palabra de Dios difícilmente podrá ser engañado y seducido por las palabras de los demás – ideólogos que no buscan más que la muerte del hombre por medio de su propia glorificación. Mientras que un niño educado en la atmósfera cerrada de las ideologías modernas que niegan a Dios será una presa fácil cuando crezca.

(...)

Uno de los programas educativos más controversiales en la actualidad, es el de Quebec, Canadá, porque pretente reemplazar a Dios por medio de cierto indoctrinamiento sutil. El Ministerio de Educación de Quebec, sin debatirlo públicamente, impuso – comenzando en septiembre de 2008 – a todos los alumnos, desde la primaria hasta el diversificado, el nuevo “Curso de Ética y Cultura Religosa”, con la intención abierta de enseñar a los niños la “igualdad entre religiones”, el pluralismo, tolerancia, la multiculturalidad, para “facilitarles el desarrollo espiritual en búsqueda de su autorealización”.

Con otras palabras, el programa busca reemplazar la autoridad de los padres, con la del Estado, en lo que respecta a la educación religiosa de los pequeños, dejando la impresión que “ninguna religión es mejor que otra”, de manera que elegir una religión no sea algo distinto a elegir un producto en lugar de otro.

Así, en medio del escándalo originado por esa nueva visión del mundo, impuesta por el Estado no sólo a las escuelas públicas, sino también a las privadas, la mayoría de quienes debatieron tal medida, observaron que la única “religión” que promueve tal curso es el relativismo moral y religioso y el detrimento de la fe dominante en Quebec, el cristianismo. La intención de tal medida se observa claramente desde la forma en que tal curso fue organizado: el cristianismo fue emplazado junto a las más oscuras religiones paganas, mientras que Jesús fue situado junto a otros “grandes hombres”, como Buda, evidentemente con el fin de atacar en los niños la fe en Jesús como Hijo de Dios.

Uno de los autores del curso declaró abiertamente que la idea fundamental que se tomó en cuenta fue “sacudir cualquier identidad religiosa sólida que los niños pudieran tener”, para enseñarles la “divergencia y el desacuerdo”.

Una lectura más atenta de las ideas y estrategias de estos nuevos ideólogos, nos permitirá observar que aquellas no se diferencian en nada de las de los torturadores de la prisión de Pitesti (uno de los centros de tortura más crueles utilizados por el régimen comunista rumano, en el que se instauró el tristemente famoso sistema de “reeducación”, que consistía en reiterados tormentos psicológicos, n.n.), que buscaban, por diversos métodos de suplicio, provocar un “shock” en el individuo para arrancarle cualquier forma de fe en Dios, en la Iglesia y en la familia, todo para instaurar en él el odio de clase. También de “odio” se trata todo esto; el odio de los que propagan el ateismo y el relativismo moral y religioso contra el cristianismo. Pareciera que cambia sólo el método, aunque el fin es el mismo.

La “purificación” del lenguaje

Otro modo de sacar a Dios del corazón de los niños, junto a las formas tradicionales de concebir el mundo, fue puesta en práctica recientemente, en Gran Bretaña. El nuevo Oxford Junior Dictionary parece estar inspirado en un aforismo del filósofo aleman Friedrich Nietzsche, que enloqueció negando a Cristo: “No lograremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática”.

En este sentido, en la última edición del mencionado diccionario, fueron extraídas ya muchas palabras, como: santo, obispo, monasterio, abad, salmo, pecado, diablo, emperador, monarca, imperio, junto a otras palabras que componen la riqueza del lenguaje sobre el mundo que nos rodea, tales como: castor, buey, pelícano, durazno, violeta, etc., para reemplazarlas con otras nuevas: blog, MP3, player, base de datos, celebridad, tolerancia, Unión Europea, debate, conflicto, emoción, biodegradable (así como lo cuenta el diario Daily Telegraph).

Esto no es más que el proyecto totalitario de cambiar las bases del mundo, por medio de la alteración del lenguaje, así como lo describe George Orwell en su famosa novela 1984. En la sociedad totalitaria descrita por Orwell, el Ministerio de la Verdad se ocupa con la alteración de la historia, re-escribiéndola permanentemente y cambiando la percepcion del mundo circundante por medio de la alteración y simplificación del lenguaje. El objetivo es reducir el bagaje lexical de tal manera que el lenguaje se convierta en slogan, mientras que los pensamientos de las personas, estereotipos. El proyecto totalitario descrito por Orwell no se diferencia en nada con lo que ya se ha puesto en práctica en Gran Bretaña. Se puede observar, en las palabras citadas, cómo el lenguaje es filtrado de las expresiones que pudieran remitir a realidades como Dios, la Iglesia, la tradición, y también de palabras que mantienen esa relación entre el hombre y su realidad, matizándola. El lenguaje se simplifica, no sólo cualitativamente, sino también cuantitativamente – el bagaje lexical contiene menos palabras – y la realidad a la que remite es, entonces, una estrictamente artificial: una creación del hombre, en la cual Dios y el mundo creado por Él para el hombre ya no tienen lugar.

Traducción libre del artículo escrito por Petru Molodet, en la revista Presa Ortodoxa, número 2, año 2009.

Sobre la Ortodoxia (extractos). P. Dumitru Staniloae

lunes, marzo 17, 2014 Posted by JDavidM





La Ortodoxia es idéntica en fe y culto, con el contenido de fe y de culto cristiano original. Pero el hecho paradoxal y absolutamente auténtico es que, siendo en su esencia una extensión de la fe, culto y espiritualidad de la Iglesia indivisible desde el principio, la Ortodoxia sigue respondiendo perfectamente a las necesidades espirituales actuales de los pueblos que le han conservado. Ella no ha modificado su esencia después de tantos períodos históricos por los que la humanidad ha atravesado en estos dos mil años. Ella no ha hecho del elemento temporal de unos u otros de esos momentos históricos, elementos esenciales de su ser, de manera que ahora le sea difícil eliminarlos. Ella no se medivalizó como el catolicismo romano, no es un producto de las manifestaciones renacentistas como el protestantismo y no busca ni siquiera ahora alguna modificación esencial para adaptarse a los tiempos actuales, por medio de la secularización. Ella ha permanecido en los valores esenciales y permanentemente humanos de la devoción, de las preocupaciones simples, profundas y permanentes del hombre en su relación con lo absoluto. Ella ha ayudado al hombre a dar una respuesta a las distintas preguntas surgidas a través de los tiempos, a través de la respuesta que le ha dado siempre a las preguntas fundamentales. Ella no se identificó con la dura armadura y las complejas formas de lucha del caballero medieval, ni con el severo traje y el código social disimulador del burgués individualista, sino que ha mantenido el mismo vigor de movimiento y simpleza de pensamiento, así como la manifestación directa y esencial del hombre natural de siempre, logrando ser siempre la misma y siempre actual.

La Iglesia Ortodoxa no introdujo en su santuario interior y no dejó que penetrara los rasgos simples de su fe, las diversas y complicadas invenciones de algunos instruídos, quienes se dejaron llevar más por el deseo de ciertas delicias de gimnasia intelectual, que por la emoción profunda y completa de la relación de misterio entre el hombre y Dios. La Ortodoxia no mezcló nunca los arabescos innecesarios de la mente humana en la esencia simple, insondable y grandiosa, permanente e inevitablemente vivida del misterio de la salvación. Podría afirmar que ella ha mantenido siempre un carácter popular, y el pueblo, en su naturalidad, ha estado siempre abierto solamente a los problemas reales y esenciales de la vida.

Por eso, la Ortodoxia ha ganado, con su exposición simple de los aspectos fundamentales del misterio de la salvación, la atención del hombre de cualquier tiempo. Ella ha ganado la comprensión del hombre de siempre, porque ha actualizado la vivencia de estos menesteres y respuestas fundamentales, indiferentemente si se trató del hombre de la Edad Media, del Renacimiento o de nuestro tiempo, porque esas necesidades y esa sensibilidad son comunes a todos los tiempos. La Ortodoxia no tuvo necesidad de las especulaciones escolásticas medievales, para encontrarse en realidad con el hombre de entonces, así como no necesita auto-secularizarse para encontrarse con el hombre contemporáneo. Al contrario, ella intuye que, auto-secularizándose, perdería totalmente la atención de este hombre, porque ya no le ofrecería en absoluto la respuesta a los problemas fundamentales de la salvación, que seguirán inquietándolo en lo profundo de su ser.

La Ortodoxia también se ha adaptado, desde luego, a los tiempos. Ella ha ayudado a los pueblos que la han guardado, en todas las circunstancias de vida por las que han pasado y en todas sus necesidades. Pero esa adaptación no ha significado nunca una modificación esencial en ella como misterio, o una sustitución de su misterio con determinada ideología. Ella ha sido siempre el mismo misterio de lo simple, fundamental y necesario para la vivencia religiosa. Pero el misterio responde no sólo a estas necesidades fundamentales de siempre, sino a todas las necesidades de la vida. El misterio cristiano debe ser puesto en evidencia, en cualquier tiempo, de acuerdo al modo de entendimiento del mismo tiempo, pero debe ser puesto en evidencia siempre en la misma integridad que satisfaga las necesidades de la salvación. Los hombres podrán extraer luego sus conclusiones teóricas y prácticas, entendiendo que el misterio de la salvación responde también a los problemas especiales de su propio tiempo,  pero sólo en su calidad de misterio integral del cristianismo, sin reducirse al rol de una simple respuesta para estos problemas especiales.

Así hizo siempre la Ortodoxia y así lo sigue haciendo. En este sentido, ella comunica a los hombres al “Jesucristo, el mismo ayer y hoy” (Hebreos 13, 8), a Jesucristo, Quien, siendo el mismo, responde de la misma manera como lo hizo ayer. La Ley Antigua estaba sujeta a cambios, para que su revelación prosperara, pero heste hecho vino a modificar para siempre su razón de ser, cuando, finalmente, vino a ser cambiada por Cristo. Ese cambio provino de su incapacidad para hacerse plena como misterio de salvación. Ella pierde su sentido,  “por razón de su ineficacia e inutilidad, ya que la Ley no llevó nada a la perfección, pues no era más que introducción a una esperanza mejor, por la cual nos acercamos a Dios.” (Hebreos 7, 18-19), ya que “éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hebreos 7, 18-19).

La Ortodoxia ha entendido que no necesita cambiar nada del sacerdocio pleno de Cristo, para agregarle o reducirle algo, sino sólo ponerlo una y otra vez en evidencia, en toda su plenitud. A la Ortodoxia le suena extraña la expresión “Ecclesia semperreformanda” (Iglesia en permanente necesidad de reformarse), porque ella comunica completamente a Cristo, quien es “semperconformis cum omni tempore” (Permanente en cualquier tiempo).

El Cristianismo occidental comenzó, a partir de la Edad Media y por medio de la Escolástica, un camino de “definición”, es decir, de delimitación o concentración del misterio de la salvación, de acuerdo a las capacidades de la mente humana; este camino ha sido seguido también por la Reforma, que proviene del catolicismo. El abordaje intelectual del misterio cristiano sustituyó la vivencia integral del misterio, con la reflexión en las piezas rotas de éste.

La Ortodoxia ha vivido el misterio de la salvación en toda su plenitud, siempre. Los pocos términos nuevos adoptados por los Concilios Ecuménicos, fueron emitidos con el objetivo de no reducir el misterio a una definición racional, sino precisamente para protegerlo contra las tentaciones de racionalizarlo y limitarlo, o incluso reducirlo. Dichos términos tuvieron como propósito proteger la experiencia, por siempre, del misterio anunciado en el Nuevo Testamento, que somos salvados por el Hijo de Dios, Quien para esto se hizo hombre y permanece el mismo, eternamente, Dios y hombre, plenamente accesible a nosotros. Los Concilios han guardado el misterio de nuestra salvación, conforme el cual la fuente infinita de vida se nos hizo accesible por medio de la máxima accesabilidad del humano: nuestro semejante. Ellos rechazaron la tentación racionalista que vaciaba el misterio de la salvación y hacía vana la misma salvación, reafirmando la separación del hombre y Dios, o la identificación panteísta del hombre con Dios. El misterio de la salvación no puede ser reproducido sino paradójicamente y la Ortodoxia ha guardo el carácter paradoxal del misterio cristiano contra cualquier intento de división hecha con proposiciones racionales unilaterales.

A la Ortodoxia se le objeta que, así como el cristianismo occidental se adaptó a la mentalidad de la Edad Media y del Renacentismo, así también ella se adaptó a la mentalidad bizantina, enterrando el centro vivo del misterio cristiano en una pompa formalista y aristócrata, que ha perdido toda relación con nuestros tiempos. No negamos que la Ortodoxia sufrió una cierta influencia bizantina. Pero esta influencia no llegó a tocar el centro del misterio cristiano. Al contrario, la vivencia del misterio permaneció viva también en el período bizantino y se puede decir que no fue el pensamiento bizantino el que  generó la espiritualidad cristiana de ese período, sino al contrario,  la forma de vivir cristiana original generó el  pensamiento y el arte bizantinos. No fue la visión bizantina de la existencia la que dio a luz a la Liturgia de la Iglesia, sino la Liturgia de la Iglesia origina produjo la visión bizantina del mundo.

Lo que se considera herencia bizantina en la vida de la Iglesia Ortodoxa es, especialmente, esa multitud de símbolos mediante los cuales se expresa le fe cristiana y su vivencia en el culto, en el arte, en la vida. Pero la influencia bizantina en la Ortodoxia desarrolló sólo un simbolismo inherente a la propagación del misterio cristiano. Las definiciones intelectuales y las exposiciones docrinarias por las que el Occidente buscó y busca suprimir la divulgación simbólica del misterio de la salvación, comienzan de la convicción que este misterio puede ser expresado exactamente por medio de palabras humanas. En realidad, este misterio, entonces cuando es reducido a su sentido literal y a definiciones intelectuales, se reduce o se desvanece. La plenitud paradoxal del misterio de la salvación se sugiere de forma más real por medio de símbolos. Hablar de la cruz y la resurrección de manera general, su representación en imágenes, su manifestación por medio de los actos simbólico-litúrgicos, sugiere aún más real y existencialmente el misterio de la salvación, que la teoría de la satisfacción sostenida por Anselmo, o la teoría protestante, que no pueden abarcar sino sólo una parte del misterio imcomprensible de la salvación.

Estas teorías son buenas sólo si no pretenden reemplazar al misterio en sí, en su plenitud imcomprensible, sino enseñar alguna parte de él, de forma relativa y provisional. La influencia bizantina consta en la voluntad de organizar todos los detalles del  culto, del arte, de los gestos de la vida religiosa, de tal manera que exprese intuitiva y simbólicamente los distintos detalles del misterio de la salvación. Estos podrían dar cierta impresión de formalismo, sólo si no son manifestados con seriedad y convicción. Una liturgia oficiada en cualquier parroquia campesina, cuyos feligreses están acostumbrados a su expresión natural-simbólica, muestra de un modo claro y penetrante los rasgos esenciales del misterio de la salvación. En cualquier caso, esta expresión es la misma enseñanza doctrinaria cargada de sutilezas; mientras tanto, en Occidente han buscado muchas veces sustituir las sugerencias del misterio, con símbolos. Si la Ortodoxia necesitara adaptarse de alguna manera a las necesidades del hombre de hoy, esta adaptación no podría constar en un abandono total de  las expresiones simbólicas, sino solamente una simplificación de tales expresiones, para  que se vean inmediatos los grandes símbolos del misterio cristiano, correspondiente a los inmensas, simples y permanentes evidencias y necesidades espirituales del hombre de todos los tiempos.

Pero debemos reconocer que en la era bizantina la Ortodoxia presentaba otra característica más (la concordancia entre Iglesia y Estado). Los cristianos occidentales lo mencionan, pero reconocen satisfechos que actualmente esa sinfonía ya no existe. Queremos detenernos en este punto, porque consideramos que tal aspecto no es propio de la era bizantina, sino que la influencia bizantina sólo vino a acentuarlo, siendo algo inherente al cristianismo auténtico y, como tal, permaneciendo de cualquier manera en la Ortodoxia actual.

Mientras  en el Occidente medieval y subsiguiente a la Edad Media apareció y se desarrolló la idea de dos imperios separados y opuestos, o dos espadas en lucha, en el Oriente cristiano se afirmaba la unidad del mundo, sostenida por el mismo Cristo Pantocrátor; el imperio estaba espiritualizado desde su interior, no estaba obligado exteriormente a someterse a una espada presuntamente espiritual, que en el fondo lo que podría estar haciendo es obrar mundanamente, sometiéndose provisionalmente al imperio seglar a través de cierta superioridad también terrenalmente. El Imperio bizantino se hacía sentir, encontrándose dentro de las mismas zonas en las que se hallaba también la Iglesia, en el marco del ordenamiento universal determinado del mismo Redentor Pantocrátor, aunque en este mismo marco tenía otras actividades y la autonomía de unos órdenes propios. Esta era una visión muy cercana a la expresada por el Santo Apóstol Pablo: “Dios colocó todo bajo sus pies, y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.” (Efesios 1, 22).

En los siglos siguientes, las cosas se desarrollaron de una determinada manera también en Oriente, en el sentido de las concepciones occidentales, llegándose a una separación Estado-Iglesia. Pero la influencia occidental en este sentido se ejerció mucho más sobre el Estado que sobre a Iglesia. La Ortodoxia mantuvo su visión del mundo como un tejido unitario de razones, que tienen como centro y finalidad en el mismo Pantocrátor. Por eso, la Ortodoxia no puso nada de su parte para profundizar aquella separación, o para transformarla en cualquier clase de antagonismos y conflictos entre el orden eclesiástico y el orden estatal o cultural. Siempre encontró en la solicitud y aspiraciones profundas del pueblo una plataforma de entendimiento y de colaboración con el Estado.
(…)
La experiencia del misterio integral de la salvación por parte de la Ortodoxia es una con la experiencia viva del Espíritu Santo, como el soplo de vida que viene del plan divino. El Espíritu Santo es el que hace siempre contemporáneo, siembre vivo el misterio de la salvación. Por eso, el Espíritu Santo ocupa un lugar tan importante en la preocupación y en el discurso de la Ortodoxia. En el Espíritu Santo, o por medio del Espíritu Santo, la Ortodoxia vive continuamente el misterio de la salvación, vive a Cristo hecho hombre, crucificado y resucitado, en Su comunicación viva e hipóstasis hacia los fieles.

Se ha hablado y se habla mucho también el protestantismo sobre el Espíritu Santo. Pero el Espíritu Santo (en tal concepción y discurso) de hecho se ha vuelto el factor fundamental para el individualismo orgulloso, de una originalidad de entendimiento individual nueva de la fe, no de la experiencia más allá del entendimiento del misterio. El Espíritu Santo ha sido identificado allí con fenómenos intelectuales y sentimentales, inmanentes e individualistas. Pero la experiencia auténtica del Espíritu nos eleva a una percepción más allá de la mente y del orgullo individualista del misterio, mismo que se nos abre como  una realidad no inventada por nosotros, para todos. El Espíritu Santo es la cima de la obra divina de la Trinidad, venida a nuestra intimidad subjetiva y revelándose a nosotros como tal, como dicen los Padres orientales.

El Espíritu nos habla de aquella realidad divina, no como teoría intelectual, sino como misterio de vida, más allá de nuestra inmanente vida.  Él conecta nuestra vida espiritual con la vida de Cristo crucificado y resucitado, haciéndola una vida común y nueva. Por eso el Espíritu es dador de vida y nos hace vivos, porque nos aleja de las especulaciones sobre Dios y sobre la salvación, hechas a la distancia, en la mismísima experiencia del misterio divino en Su trabajo salvador. La Ortodoxia, siendo la experiencia del Espíritu, como experiencia del misterio entero de la salvación, es siempre actual, porque esta experiencia siempre responde a las necesidades humanas fundamentales, a diferencia de culquier teoría intelectual, que debido a su naturaleza reducida y unilateral, es falta de vida y superada  con cada paso que dé el espíritu en la línea del progreso intelectual. Esta comunión de la realidad del misterio divino de la salvación, por medio del Espíritu Santo, es una verdadera vida para el espíritu, con todo lo que significa tal forma de vida. Por eso, canta la Ortodoxia “Por medio del Espíritu Santo, toda alma resucita”, “Por medio del Espíritu Santo comienza la vida”, “El Espíritu mueve la creación”, a donde viene Él, nace la vida”, “todo se renueva”, “por el Espíritu Santo viene la sabiduría” y “todo buen don”.
(…)

La Ortodoxia es doxológica, en el sentido extenso de que todo conocimiento sobre Dios y sobre Su labor redentora está orientada prácticamente, existencialmente. Es transformada en la oración, en el diálogo directo con Dios, en el contenido de tal diálogo, en la substancia de nuestra relación personal y viva con Él. La Ortodoxia ha mantenido el carácter auténtico de la religión como diálogo del creyente con Dios, mientras que el cristianismo occidental ha desarrollado el carácter de doctrina, de filosofía del cristianismo, de gnosis, que transforma a Dios en objeto, diluyendo Su realidad y subordinándolo a la mente humana.

Pero sólo en la relación dialógica Dios es vivido intensamente y en verdad.  Por eso la Ortodoxia es la experiencia viva de Dios. Y Dios, como elemento en el diálogo con el creyente, en su momento, trabaja en su contraparte humana, la bendice, responde sus peticiones con Su consuelo y Sus dones.

Dios obra en los creyentes por medio del culto, por medio de sus sacramentos, mientras los fieles sienten y testifican la presencia de Dios en sus cantos de enaltecimiento y con las oraciones que le elevan. El culto ortodoxo sacramental es un diálogo ontológico entre Dios y los creyentes y solamente después de esto es también un diálogo verbal. Dios obra en nosotros, mientras oramos, después de recordar Sus hechos redentores y luego de alabarlo por ellos. Y, trabajando en nosotros, Dios nos abre los ojos del alma para que intuyamos Su obra, para que la sintamos y nos mueve a expresar nuestro agradecmiento por este sentimiento. Así,  el culto sacramental no es solamente una forma de oración del conocimiento de Dios, sino también una fuente de conocimiento y de contínua verificación del conocimiento de siempre de la Iglesia, forma principal de la tradición viva de la Iglesia. Las palabras utilizadas en el culto son la guía hacia la experiencia de su contenido y la expresión de esta experiencia.

Los fieles ortodoxos no han obtenido la enseñanza de la Iglesia por medio de catequismos y esposiciones doctrinales, sino sobre todo del mismo culto, de la práctica sacramental del misterio de la redención. El pensamiento sobre Dios es culto y el culto es pensamiento, guía. El creyente ortodoxo no desprecia la reflexión sobre Dios y sobre Su obra salvadora, pero esta reflexión se hace en el espíritu del diálogo con Dios, es la reflexión de esa contraparte que alaba a Dios, le agradece y le pide algo, es una reflexión en el cuadro vivo del diálogo, en la experiencia del misterio divino. El pensamiento del otodoxo sobre Dios es culto, aún fuera del tiempo del culto.
Así, en el culto sacramenteal de la Ortodoxia, que es también pensamiento, trabaja el Espíritu Santo, Quien es la cima de la obra divina en nuestro interior más íntimo. En la práctica del culto se produce continuamente el suceso del encuentro con Dios. En el culto le hablamos a Dios cantando, porque sólo el canto expresa más cálidamente esa experiencia para la que no existen palabras. Cantando nuestro ser se hace más sensible a la experiencia del misterio, es llevado por el entusiasmo que produce en él la vivencia del misterio, del Espíritu dador de vida y encuentra la forma de comunicar esta vivencia entusiasta. El canto libera las palabras de su limitado sentido intelectual, haciéndolas adecuadas para vivenciar inefablemente el misterio.

Pero el culto es también, al mismo tiempo, la conversación del hombre con Dios sobre sus necesidades y las de sus semejantes, las del mundo entero, así como sus alegrías por los dones recibidos. En el culto, el hombre ve y vive, profunda y existencialmente, su necesidad de Dios y toma consciencia de lo que para él significa estar en comunión con Dios. Porque, en el Espíritu Santo, el hombre se ve a sí mismo no en el impase de su propia impotencia y la infelicidad de vivir sin conocer a Dios,  sino en la esperanza optimista de su plenitud y en el comienzo de esta plenitud, que se teje en el diálogo misterioso y redentor con Dios. Por eso el culto es dinámico. El hombre se vive a sí mismo, en su integridad, elevado y puede gustar desde ya (...) de su vida eterna en Dios, en el Espíritu del amor y de la comunión con Dios y con Sus elegidos. Los íconos de los santos, los himnos de elogios dedicados a ellos, el vivir en comunión con ellos también, agrandan tal optimismo. Todo esto comprende una verdadera doctrina vital sobre el hombre, sobre lo que el hombre puede llegar a ser, mediante la profundización de su diálogo vivo con Dios y también con sus semejantes, una doctirna de la grandeza que le espera al hombre, una doctrina de la esperanza para cada creyente, de una esperanza conocida desde ya, por anticipado. Los íconos y los himnos dirigidos a los santos mantienen al creyente en cierta tensión entre la herencia recibida y la plenitud prometida, por medio  del desarrollo del diálogo ontológico con Dios, que es un camino escatológico. La perspectiva escatológica del culto proyecta una luz de optimismo sobre la vida presente.

El fundamento más profundo de la esperanza, de la alegría que llena todo el culto ortodoxo y que caracteriza a la Ortodoxia, es la Resurección. La celebración de la Pascua, que es el centro del culto ortodoxo, es cual una explosión de felicidad, semejante a la que vivieron los discípulos al ver al Señor resucitado. Es la explosión de la alegría cósmica por la victoria de la vida, después de la inmensa tristeza por la muerte que tuvo que soportar el mismo Soberano de la vida por haberse hecho hombre. “Que se alegren los cielos y que la tierra se goce, y  que celebre todo lo visible e invisible, porque Cristo resucitó, la eterna felicidad. Todo se llenó con la certeza de la vida, después de que todo avanzaba inexorablemente hacia la muerte. El teólogo A. Schmemann dice que esta es la mejor noticia, o el evangelio que trajo y que promulga todo el cristianismo: la alegría de la Resurección. Si el cristianismo no le diera al mundo en más esta alegría única, su razón de ser desaperecería. La alegría de la Resurección es anunciada por el cristianismo en cada domingo. Porque cada domingo está dedicado a la Resurección. Así, todo el culto vibra de la felicidad de la Resurrección y está envuelto en esa tensión escatológia de la esperanza en la victoria de la vida. “Ahora todo se ha llenado ya de luz, cielos y tierra”, proclama la Iglesia en la noche de la Resurrección. En la noche de la falta de sentido de un mundo sometido a la muerte, cubierta por un cielo cuya intención no se conocía, de un tiempo que conducía todo a la muerte, teniendo grabado en sí el sello del sinsentido, brotó vida de un sepulcro, lo que vino a llenar de la luz del sentido a todo el mundo y su tiempo, mismo que nos descubrió la intención bendita del cielo para el mundo y reveló incluso a los ángeles el sentido de la creación. El tiempo devino entonces, de un tiempo que llevaba a la muerte, de un tiempo que se desarrollaba en la oscuridad de la falta de sentido, un tiempo de resucitar, un acontecimiento luminoso, una celebración permanente. Todos los días del tiempo, todos los días del año se volvieron fiesta, asegurándonos que nos llevan a la resurrección, como llevaron a la vida venerable a los santos que celebramos en cada uno  de ellos. Mejor dicho, todos los días se volvieron vísperas de un domingo eterno, como los días de la semana son la espera del domingo, porque ellos nos obligan a esforzarnos, semejante al de los santos, para llegar a alcanzar un feliz descanso como el de ellos.

La Ortodoxia acentúa con una especial fuerza la fe del cristianismo en la victoria de la vida. La lucha tanto tiempo indecisa entre vida y muerte terminó con la victoria definitiva de la vida. Ahora no tememos más a la muerte, ahora ya no nos entristece, porque ella es el paso a una vida verdadera, la cual percibimos desde ahora. La mezcla del sentido y del sin sentido, impresa en todo,  por el simple hecho de que por una parte existían, por otra todo estaba sometido a la muerte, se ha vuelto ahora sólo un sentido. La vida ha triunfado definitivamente sobre la tristeza y la desolación. La creación entera está destinada, por la Resurrección, a la vida eterna; la creación entera ha sido recuperada por Aquel que la creó.

Traducción libre tomada de razbointrucuvant.ro, según el artículo publicado en la revista Mitropolia Olteniei, 1970, nr. 7-8, págs. 730-738.