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martes, agosto 04, 2015 Posted by JDavidM
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Textos actualizados diariamente, en español, de los Padres de la Iglesia e información de interés para cristianos ortodoxos. A cargo de la Metropolía de Moldova y Bucovina (Rumanía)
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miércoles, junio 03, 2015 Posted by JDavidM
Sobre el Reino de Dios y el reino de este mundo. San Teófano el Recluso
martes, abril 14, 2015 Posted by JDavidM
Existe
en este mundo el santo Reino de Cristo, la Iglesia, tutelada por el
Señor y objeto de las bendiciones de Dios; ella es el objeto de los
deseos de todos aquellos que saben cuál es su verdadero propósito
de vida. Al contrario, en el reino del soberano de este mundo, las
cosas son completamente distintas, porque allí nadie sabe quién es
el que manda. Si el más fervoroso amante de este mundo supiera que
su soberano es el mismísimo maligno - al que sirve como un esclavo,
consiguiendo tan sólo su propia perdición - buscaría,
aterrorizado, cómo escapar de aquel. Pero el maligno, astutamente,
esconde su rostro para que no lo reconozcan los hijos del mundo; así,
la gente le sirve, sin saberlo. Ustedes acaso habrán escuchado
decir: “Tal cosa no está permitida”, “Aquello sí está
permitido”, “Así hay que actuar”, “Hay que ir por aquí...”;
pero si preguntan, “¿Por qué? ¿Quién ordenó hacerlo todo
así?”, nadie sabe qué responer. Todos se sienten agobiados por
esas reglas, incluso las condenan, pero nadie se atreve a apartarse
de ellas, porque les aterroriza que haya alguien vigilándoles para
llevarlos de vuelta a ese orden establecido, alguien que nadie
conoce, ni nadie sabe cómo se llama. El mundo es el conjunto de las
personas que sirven a un fantasma desconocido, un extraño que no es
sino el astuto maligno.
¿Cuáles
son las normas del Reino de Cristo? Él, verdadero Dios nuestro, dijo
claramente: “Para agradarme, haz ésto y te salvarás: renuncia a
tí mismo, hazte pobre de espíritu, dócil, sereno, puro de corazón,
paciente, ama la justicia, séme fiel día y noche, desea el bien
para tu prójimo, haciéndoselo también; cumple todos Mis
mandamientos, sin importar el sacrificio que ésto implique”. ¿Han
visto qué claros y concisos son esos lineamientos? Aún más, son
inmutables, permanentes; así como está escrito, así ha de
permanecer hasta el final de los tiempos. Y el que entra en el Reino
de Dios sabe, probablemente, qué es lo que debe hacer. No se imagina
que algo de lo que establece la Iglesia pueda llegar a cambiarse.
Por eso, el cristiano recorre ese buen camino con esperanza, teniendo
la confianza plena que alcanzará, sin duda, eso que anhela.
En
el reino del soberano de este mundo, las cosas son completamente
distintas. Allí no hay nada que esté claramente establecido. Y el
espíritu del que ama este mundo es fácilmente reconocible: es el
espíritu del egoísmo, del orgullo, del interés, del placer y de
toda clase de sensualidad. Y la forma de materialización de ese
espíritu - las normas y leyes del mundo - es tan débil, tan
confusa, tan cambiante, que nadie puede afirmar con convicción que
mañana no habrá de rechazar lo que hoy admira. Los hábitos del
mundo brotan como el agua y sus normas, en lo que respecta a la forma
de vestir, a forma de hablar, a las relaciones sociales, a la forma
de comportarse con los demás y, en general, todos esos aspectos, son
tan variables como los movimientos del espíritu: hoy son de una
manera y mañana aparecerá una nueva moda que le dará vuelta a
todo. El mundo, en sí, es como un enorme escenario en el que el
maligno se burla de la pobre humanidad, ordenándole moverse a su
gusto, cual marionetas o monos de circo, incitándole a apreciar como
esencial e importante, lo que en sí es trivial, insignificante y
vacío. Y todos, pequeños y grandes, caen en esa trampa, hasta esos
que por ascendencia, educación o posición social podrían, en
apariencia, dedicar su tiempo y esfuerzos a algo mejor que todas esas
nimiedades.
Traducción libre, tomada de: "Despre gandurile despatimitoare si rostul lor pentru mantuire". Ieromonah Artemie Popa. Editura Babel. Bacau, Romania, 2012. Págs. 473 y 474.
Del oficio de la Epifanía (6 de enero)
lunes, enero 05, 2015 Posted by JDavidM
“Hoy viene a todos nosotros el momento de
celebrar y la legión de todos los santos se nos une, porque hoy los
ángeles festejan junto a los hombres. Hoy, la gracia del Espíritu
Santo, en forma de paloma, descendió sobre las aguas. Hoy, el Sol
que no se oculta amaneció, y el mundo se ilumina con la luz del
Señor. Hoy, los resplandecientes rayos de la luna iluminan la
tierra. Hoy, las refulgentes estrellas, con la luz de su resplandor,
embellecen el mundo. Hoy, las nubes rocían sobre los hombres la
celestial lluvia de justicia. Hoy, Aquel que no fue creado, acepta
voluntariamente ser tocado por la mano de Su criatura. Hoy, el
Profeta y Predecesor se acerca al Soberano y, con temor, permanece
cerca de Él, observando cómo Dios desciende hacia nosotros. Hoy,
las aguas del Jordán se hacen sanación, con la venida del Señor.
Hoy, toda la creación bebe del misterioso manantial. Hoy, los
pecados de los hombres se purifican en las aguas del Jordán. Hoy, el
cielo se abrió a los hombres y el Sol de justicia nos alumbra. Hoy,
el amarga agua de los tiempos de Moisés, se convierte en la miel del
pueblo, con la venida del Señor. Hoy, nos hemos librado del llanto
antiguo y cual nuevo Israel nos hemos salvado. Hoy, nos hemos salvado
de la oscuridad y con la luz del conocimiento de Dios nos hemos
iluminado. Hoy, la oscuridad del mundo se desvanece con la
manifestación de nuestro Dios. Hoy, toda criatura es alumbrada desde
el cielo, cual si se tratara de una antorcha. Hoy, el engaño se
derrumba y la venida del Soberano nos abre el camino de la salvación.
Hoy, festejan cielos y tierra, proclamando juntos. Hoy, la
santificada y muy conocida legión de los ortodoxos se regocija. Hoy,
el Soberano asiste al Bautizo, para elevar la naturaleza humana. Hoy,
el Altísimo se prostrerna ante Su siervo, para librarnos de la
servidumbre. Hoy, el Reino de los Cielos hemos obtenido, porque el
Reino de Dios no tiene fin. Hoy, la tierra y el mar ha compartido la
alegría del mundo, que se ha llenado de felicidad.
Te vieron las aguas, Oh Dios, te vieron las aguas y
temieron. El Jordán regresó sus aguas, viendo el Fuego de la
Divinidad encarnándose y entrando en él. El Jordán regresó sus
aguas, viendo al Espíritu Santo en imagen de paloma, descendiendo y
volando alrededor de él. El Jordán regresó sus aguas, viendo a
Aquel que no puede ser visto, al Creador encarnado, al Soberano en
imagen de siervo. El Jordán regresó sus aguas y los montes se
sobrecogieron viendo a Dios encarnado; las nubes, entonces
exclamaron, admirándose de Aquel que vino, la Luz de la Luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, en un festejo soberano, viendo hoy en el
Jordán a Aquel que hundió la muerte de la desobedencia, la picadura
del engaño y las ataduras del infierno, dándole al mundo el Bautizo
de la salvación. Por eso, también yo, pecador e indigno servidor
Tuyo, cofensando Tus gloriosos milagros, estremecido de temor, con
humildad exclamo a Tí:
¡Qué grande eres, Señor, y qué maravillosas son Tus obras; no
hay palabras suficientes para glorificar Tus maravillas!"
Traducido del texto publicado en: http://molitfelnic.ro/slujba-aghiasmei-celei-mari-la-botezul-domnului-nostru-iisus-hristos/
¡Extraño tanto al Cielo! ¡Extraño tanto a la eternidad! P. Ioanichie Balan
domingo, diciembre 07, 2014 Posted by JDavidM
Veo hacia el cielo.
Veo nubes negras, enormes nubarrones dirigiéndose hacia el Este;
sobre las montañas flota una densa neblina. Quisiera volar alto, muy
alto, allí donde no hay nadie, ni preocupaciones, ni aflicciones.
Mis ojos observan todo y quisiera atravesar con la mirada todas esas
nubes, hasta alcanzar el cielo límpido y azul de la paz de Jesús.
Extraño a Jesús. Extraño al Hijo de la Virgen. Extraño a Aquel
que tanto sufrió por mí. Extraño a Aquel que murió en la Cruz por
culpa de mis pecados. Extraño a Aquel que subió al Cielo, por
nuestra salvación. Extraño a Cristo crucificado. Extraño al Jesús
que estuvo hambriento y sediento, para que yo pudiera salvarme.
Siento un enorme vacío en mi corazón. Siento que algo le falta. Me
duele el corazón y no sé por qué. Estoy ahíto y, sin embargo,
tengo hambre de algo. No me falta el agua y, sin embargo, una
terrible sed me atormenta. He descansado suficientemente y, sin
embargo, un cansancio interior me derriba. Estoy bien abrigado y, sin
embargo, un invisible viento golpea sin piedad mi alma. Un vacío
enorme, una carencia indecible, una sed y hambre se hacen sentir en
mí, porque todavía no tengo en mí a Jesús. Cansancio, viento,
frío, el dolor de corazón, todo esto me atormenta porque llevo ya
muchos años viviendo en pecado.
Ciertamente, desde hace muchos años
no hago sino pecar; desde hace mucho tiempo estoy enfermo y aún no
he sanado. Aunque me asisten expertos doctores, dándome medicamentos
adecuados, sigo yaciendo en mi enfermedad y gritando que nadie podrá
sanarme. Jesús es mi médico, el arrepentimiento es mi medicamento,
pero yo soy quien no quiere sanar. Estoy amarrado con las duras
cadenas de los malos hábitos y las perversiones, muriendo
lentamente. Por eso mi alma está vacía, por eso sufro
permanentemente y no encuentro consuelo. Por eso mi corazón es
siempre un vacío profundo que nada puede llenar, una ausencia
inmensa que nada logra compensar.
El pecado. El maldito
pecado me vence. Me domina. Me conduce. Y Jesús, el buen Jesús está
lejos, muy lejos de mí. Mis malos hábitos han escarbado un abismo
entre Él y yo. Por eso, aunque yo lo busco, no logro alcanzarlo, lo
llamo a gritos, mas Él no puede escucharme. Le hablo y Él no me
responde. Le ruego, llorando, pero no viene a consolarme. Una
invisible mano me somete. Siento una misteriosa necesidad en el
corazón, y no sé cómo deshacerme de ella. Le he fallado a Jesús,
he pecado constantemente y ahora que ya estoy viejo, estoy pagando
todo lo que hecho en mi vida. Y me da miedo morir, me da miedo pensar
en el juicio de Dios, me da miedo lo que tendré que compensar por
mis pecados.
Y me digo a mí mismo
que necesito encontrar serenidad, algo de paz para descansar al menos
un poco. Para orar y llorar por mis pecados. El viento sopla con
fuerza y el bosque parece desierto. ¡Cómo quisiera alejarme un
poco, aunque sea un momento, de las olas y preocupaciones de esta
vida, para sentarme en soledad al pie de un árbol, para llorar un
poco, orando para que el Señor Jesucristo me escuche. Sé que soy
pecador, reconozco que me he equivocado, confieso que soy merecedor
de castigo, sé que sólo arrepintiéndome podría ser perdonado. Sin
embargo, me veo tan lleno de vicios, que no me quedan fuerzas para
luchar con mis propios errores. Me dejé vencer por mi propio cuerpo,
por mis sentidos, por el mundo que me rodea y por el maligno. Yazco,
golpeado por la muerte, en el camino de mi vida y nadie se apiada de
mí. No hay nadie que ponga un poco de aceite en mis heridas y nadie
me recibe en su casa. ¡He sido vencido por mis faltas y nadie puede
romper esas amargas cadenas que me atan!
Por eso, viendo que
soy el más grande pecador, viendo mi insensato corazón, confieso y
creo que sólo con mis lágrimas, el llanto de mi corazón, sólo así
podré acercarme a mi Señor Jesucristo, a Quien tanto he enojado.
Quisiera llorar solo, en algún lugar lejos del mundo, lejos de los
demás, lejos de mis padres y mis hermanos, lejos de tantas
preocupaciones, lejos de mis faltas, lejos de mis pecados. Allí,
sólo allí, en el reino de la contrición, en la tierra de las
buenas obras, allí donde no soplan los vientos fríos y desiertos,
donde ya no existe el dolor, ni la enfermedad, ni el miedo, ni la
muerte, sino la felicidad eterna, el llanto de alegría, la oración
silenciosa, el canto de alabanza, la añoranza de la eternidad...
Allí, en ese bello lugar, pero tan lejano, allí quisiera vivir,
allí quisiera morir, lejos, bajo la sombra de la Cruz de Jesús.
Amén
Traducción libre del texto publicado en ortodox.md
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