Los dias de la semana ortodoxa.

jueves, febrero 21, 2013 Posted by JDavidM




 Lunes: El día de veneración a los Ángeles.

Los ángeles son “espíritus asistentes” que sirven a Dios y a Su voluntad. En la Biblia los encontramos constantemente (Miguel, Gabriel, etc.), actuando como mensajeros hacia las personas  a las que Dios ha llamado en alguna particular misión vinculada a Su Providencia y nuestra salvación. En nuestra tradición cristiana popular, cada persona tiene un Ángel Custodio. Todo lo que es bello y puro en este mundo es también llamado “angelical”. Y cualquier cuidado o protección que nos dan otras personas, son consideradas como la presencia de un “Ángel Bueno” (…) Es importante que comencemos cada Lunes por la mañana, cada semana, como ángeles con una misión de Buena voluntad. Cada uno de nosotros debe ser como un ángel, con alas que nos permitan volar sobre los momentos caóticos de la semana, como ángeles mensajeros de amor y salvación en nuestra propia casa, en nuestro vecindario y en todo lo que nos rodea. “Por la intercesión de los Poderes Incorpóreos, Señor, sálvanos”.
 

 Martes: El día en que honramos al Predecesor, San Juan Bautista.

En este día en particular, nuestra Iglesia honra a un santo que hizo una gran contribución al Cristianismo. San Juan Bautista, “el Predecesor”, preparó el camino para las enseñanzas de Jesucristo. Es un santo, cuyo mensaje, “Arrepiéntanse”, nos recuerda a todos en nuestra vida. Debemos apartar nuestras faltas y frustraciones y llenarnos de nuevas esperanzas y nuevas y valientes iniciativas. Una persona de fe siempre se convierte en un predecesor y un pionero, aún cuando se encuentra en medio de muchos problemas. “Por las oraciones, Señor, del Predecesor, sálvanos”.


Miércoles: Rememoración de la traición de Judas (Día de ayuno). 
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Judas Iscariote traicionó a Jesús un miércoles y, por eso, este día es considerado  triste y sombrío. Ayunamos en este día y oramos recordando esa dolorosa traición. Las palabras “traición” y “traidor” son reprobables y desagradables en cualquier idioma. Si dedicamos este día para reflexionar en la falta de Judas, podremos también eludir nuestras propias y diarias “traiciones”. Podríamos evitar, en otras palabras, esas pequeñas “traiciones” que cometemos cuando desconectamos nuestra consciencia, intentando ser aceptados por el mundo, y las grandes traiciones que hacemos a los otros. Evitaríamos traicionar nuestra fe y nuestra consciencia, buscando la riqueza de este mundo y el poder pasajero que trae cierta gloria terrenal. Porque todos sabemos que aquellos que han sido traicionados tarde o temprano resucitan y se convierten en héroes, mártires y santos. Los traidores, al contrario, quedan marcados y manchados por siempre. “Por el Poder de Tu Cruz, Señor, líbranos de toda traición”.



Jueves: El día en que honramos a los Santos Apóstoles.

El número de Apóstoles, de acuerdo a los textos evangélicos y la tradición, ha sido fijado en doce. Junto a esos Doce, sin embargo, hubo muchos más que son conocidos como los “Setenta”. Hubo incluso más, cuya identidad ha quedado desconocida a través del tiempo, los discípulos de Galilea y muchos otros más. Luego vienen también los sucesores de los Apóstoles, los sucesores de sus sucesores, etc., en una cadena interminable que llega hasta nuestros días y que seguirá creciendo con el tiempo. ¿Acaso no es cierto que todo cristiano es un apóstol, sin importar en dónde esté? ¿No es cierto que cualquier hombre o mujer que asume su trabajo o profesión como una misión, hace parte de los Apóstoles y se vuelve esa “sal de la tierra”? Cierto es que los que buscan la bondad y la verdad siempre han sido pocos. Pero quien quiera que siga  a los que han enseñado el camino, puede llegar a alturas inesperadas. Esto puede suceder también a todo cristiano que, cada jueves ora a los Apóstoles y recuerda su misión, su propio camino espiritual, su propio lugar en el mundo y la responsabilidad que tiene en éste. “Por las oraciones, Señor, de los Apóstoles, sálvanos”.

  
Viernes: El día en que veneramos a la Cruz  (Día de ayuno)

Porque Jesús fue crucificado en un día como éste en el Gólgota, nuestra tradición considera este día como el Día de la Cruz y le dispone como un día de ayuno y oración, recordándonos el sacrificio voluntario y el amor por la humanidad mostrado por el Esposo de la Iglesia. El Día de la Cruz ha sido situado, entonces, propiamente  antes del último día de la semana para quienes llevan una honesta y limpia forma de vida, quienes están inmersos en esa “lucha santa”. En este día debemos encomendarnos permanentemente a la Cruz y trabajar con fe. Es siempre importante recordar al Crucificado, Quien camina frente a nosotros y dice “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso”. Como sabemos, muchas personas en la actualidad encuentran más fácil evitar los trabajos que conlleva cargar nuestra cruz. Pero eso significa rechazar la vida tal como es, en esencia, una labor de crear, una cruz en sí misma. Todo cristiano, entonces, debe cada viernes reafirmar su cruz y cantar con alegría: “Por el Poder de Tu Santísima Cruz, Señor, sálvanos”.


 Sábado: El día en que recordamos a los reposados.

Dios descansó al séptimo día después de una labor de seis, creando; así, nuestra Iglesia ha dedicado este día a los que ya están “descansando” de esta vida, esos que terminaron ya las luchas de esta existencia y han entrado en el descanso eterno. Cada sábado nuestra Iglesia abre ese Libro de la Vida y recuerda los nombres de nuestros antepasados, familiares y amigos que ya no están entre nosotros, para tener presente nuestra humanidad y temporalidad (…) De esta manera, nuestra Iglesia recuerda no solo a los que hemos amado y ya no están, sino también a aquellos con los que alguna vez fuimos injustos y a aquellos que han sido olvidados por la historia. Es nuestro deber, entonces, recordarlos a todos ellos cada sábado, sabiendo que un día después celebramos la Resurrección. Por las oraciones de todos Tus Santos, Señor, sálvanos”.

  
 Domingo: El Día de la Resurrección.

”Este es el día en que el Señor actuó…” cuando Él resucitó después de padecer en la Cruz y morir. Nuestra tradición le llama el Día del Señor. Para esto, ha embellecido este día con la Celebración Eucarística, llenándolo de gozo y descanso en medio de nuestra ajetreada vida. Ciertamente, este día es el más apropiado, luego de nuestra lucha semanal que tantas veces “crucifica” nuestras vidas. El domingo, es, por tanto, el Día de la Resurrección. Este día no sólo nos recuerda la resurrección general y la Segunda Venida de Nuestro  Señor, sino también, si sabemos cómo celebrarlo, resucita nuestra esperanza y nuestra vida de las “muertes” diarias que experimentamos. El sábado y el domingo, como descanso, son también una especie de adelanto de lo que será esa resurrección general. De cualquier manera, junto a la resurrección semanal, es necesario contemplar y examinar en nuestras almas lo que nos recuerda nuestra naturaleza caída e intentar elevarnos al Señor. El domingo recordamos al Señor de los vivos y de los que ya no están. Dejamos por  un lado, así, nuestras vestimentas negras de la desesperación y nos levantamos con alegría y fuerzas, preparados para la nueva lucha que empieza nuevamente el lunes “En este día de la Resurrección, que todos los pueblos resplandezcan”

Traducción libre del texto publicado en:
simplyorthodox.tumblr.com

Sobre la amistad. San Nectario de Egina.

jueves, febrero 14, 2013 Posted by JDavidM




La amistad es el amor que un alma sincera tiene hacia otra alma sincera La amistad es santa, pura, inocente, fiel, permanente, franca, temeraria, verdadera, eterna. La amistad es una virtud, porque vive en el “ethos” y en la buena educación del alma sana; porque no le atrae nada más que la virtud y ama la virtud, abrazándola y permaneciendo con ella para siempre. La amistad, como virtud, se deja atraer de quienes le son semejantes y descansa en las virtudes que le acompañan. La amistad es el vínculo entre almas semejantes. Es parte del alma justa, que se une en un amor muy fuerte de quienes le son queridos, uniendo en una misma realidad, las almas que por su naturaleza tendían a estar separadas. La amistad tiene una presencia constante, que no hace concesiones. La amistad es un cierto modo de placer moral que endulza el alma. La amistad lo sufre todo, por la compasión y la solidaridad. 

Aristóteles alguna vez dijo: 

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos”.

La amistad es más fuerte que el amor que nace de la consanguinidad. Porque el amor hacia la familia es fruto de la necesidad, mientras que la amistad es una libre elección. La amistad impone la devoción a lo que los amigos consideran santo y puro en la forma de vivir, integridad en lo que se refiere a los principios morales, fidelidad en el carácter, perseverancia en las decisiones, sinceridad en las palabras, valor para defender lo correcto y útil, y para decir la verdad. La amistad es lo que sostiene en el mundo el bienestar y felicidad de dos personas buenas, porque la amistad no puede aparecer si no es entre personas buenas.
 
Platón dice:

“La amistad es armonía de pensamiento, en relación a lo que es bueno y justo, es elegir el mismo modo de vida, el mismo modo de pensar sobre la opción de vida, es la unidad de pensamiento sobre la forma de vivir en convivencia, en respeto, compartiendo tanto lo bueno como lo malo”.

Existen tres clases de amistad: de acuerdo a la virtud, por interés y por costumbre;  desde luego, la mejor de estas es la que busca una unión en la virtud, porque es el amor más perseverante, siendo que su base es, precisamente, la virtud.

Perfil del amigo

El amigo es una persona buena, con un alma honesta, quien todo lo piensa de manera correcta, al que le gusta la virtud, íntegro en sus convicciones morales,  fiel al amor, sincero en sus palabras, perseverante en su espíritu, digno consejero, valiente, amante de la verdad y de la justicia. El amigo se asemeja en todo a la otra persona con quien comparte esa amistad, sabe que la alegría de su amigo es también la suya sintiendo como propia la tristeza del otro también; teniendo una sensibilidad especial, siente el estado de ánimo de su amigo y sabe entenderlo, de manera que puede percibirlo antes de que aquel lo comparta; así, el amigo sabe cómo ayudar al otro antes de que éste se lo pida y le tiende su mano pensarlo dos veces cuando es necesario. En una amistad, los amigos de los amigos también se conocen y se respetan; de igual manera, se conocen los adversarios y los amigos saben cómo defenderse de ellos, sin importarles arriesgarse  por proteger al otro. En su propio cuerpo habita el alma de su amigo. Es un buen consejero, dice siempre algo útil y se preocupa del honor y reputación de su amigo; lo que para su amigo es santo, también lo es para él y respeta lo que para el amigo es digno de honrarse. El amigo verdadero es un manto poderoso y quien lo encuentra, encuentra un tesoro. El amigo es lo más valioso que existe. El amigo verdadero es una riqueza inmensa, un mar de honor más grande que cualquier cosa que pudiera alcanzarse, porque no existe medida para describir su belleza. El amigo, tanto en las penas como en las alegrías del otro, sigue siendo amigo, sigue siendo el mismo. El amigo verdadero honra lo que es merecedor de honra y señala con prontitud lo que le parece incorrecto.

Dijo Eurípides: 

“Los amigos no poseen nada propio, sino que todo para ellos es de propiedad común. No hay nada mejor que un amigo sincero. Su consejo es más poderoso que cualquier medicamento, sanando el alma herida y triste del otro amigo; sus palabras son remedio dador de vida. El amigo bueno puede  hacer bien, tanto al alma, como al cuerpo del otro amigo. El amigo bueno se ofrece a sí mismo para llenar lo que le falta al otro y entonces, cuando él es quien recibe ayuda, se muestra siempre agradecido; pero, cuando el otro se equivoca, intenta corregir completamente ese error. El amigo llega a ser pensamiento, sentimiento y ojos del otro amigo. El amigo es la personificación de la virtud. Por esto, es imposible que en el amigo exista la más mínima maldad”.

San Gregorio el Teólogo dice también:   

“El amigo creyente es un tesoro del alma, un jardín fragante, un manantial seguro que se abre por momentos para compartir con él; no puedes llamar amigo sino sólo a quien es bueno en verdad y quien ha construido contigo la amistad, basándose en la virtud”.
 
Traducción libre. Puede consultarse en: Sfantul Nectarie din Eghina, “Cunoaste-te pe tine insuti sau Despre virtute, Editura Sophia, 2012.

¿Por qué los monjes y monjas ortodoxas se visten de negro?

jueves, enero 31, 2013 Posted by JDavidM



Alguien se preguntaba por qué los monjes y monjas ortodoxos se visten de negro. Es conocido que los (las) religiosos (as) católicos (as), utilizan vestiduras en color blanco u otros colores suaves, algo que les da un toque de elegancia, mientras que los nuestros, ortodoxos, en negro, parecen anticuados, obsoletos e incluso descuidados..

Enero es, especialmente, el mes de los monjes santos. Celebramos a los sandos piadosos Teodosio, Pablo de Tebas, Antoio, Eftimio, Macario de Egipto, Máximo el confesor, Efrém Sirio, Isaac Sirio, además de los Santos Tres Jerarcas: Basilio, Gregorio y Juan, también monjes por excelencia. Esos dias de festividad representn una excepcional concentración de virtudes, penitencias y escritos de mucha utilidad para nuestra salvación, que nos fueran dejados por esos monjes santos, cual tesoros valiosísimos. La riqueza espiritual, la belleza pero también las luchas que conlleva la vida monacal son manantiales inagotables de los que podemos extraer lecciones muy importantes, que nos iluminan en muchísimos aspectos. 
La entera espiritualidad ortodoxa tiene en su centro el arrepentimiento. Según las enseñanzas de los Santos Padres, sin esta virtud, sería inconcebible otro medio para escalar en la plenitud cristiana. Esta afirmación coincide completamente con la realidad, porque, en tanto que el  hombre sirve a sus pasiones, no podrá andar el camino de la plenitud, porque éste presupone en sí el romper cualquier vínculo con el pecado. El arrepentimiento, como estado espiritual, debe ser abrazado por cu alquier cristiano, sin importar su cultura, preparación profesional, afiliación política, étnica o esas diferencias en distintos criterios que pertenecen al mundo y su contexto.


Tanto el rico, como el pobre, el intelectual y el campesino, el universitario y el estudiante... todos son llamados por Dios a alcanzar las bondades prometidas por Él. Junto a los cristianos que, viviendo en el mundo y sus contextos, luchan con sus propias pasiones y se arrepienten por sus pecados, ha existido - incluso desde los inicios del cristianismo - una categoría aparte que, renunciando a todo lo terrenal, opta por una vida de permanente arrepentimiento, haciendo de este un modus vivendi. Ellos y ellas son los monjes y monjas, y la forma de vida que ellos han asumido libremente se llama vida monacal.

A lo largo del tiempo, muchos han intentado definir el monaquismo, de manera que puedan abarcar completamente todos los aspectos espirituales, sociales y psicológicos que en éste se hallan. He aquí uno de estas definiciones: "El monaquismo constituye un camino, no el único, pero precisamente incuestionable como el primero, para encontrar la existencia perdida del hombre, pero también para encontrar a Dios. El monaquismo agita la entera vida psico-espiritual del hombre, busca en ella,  constanta la existencia de algunos elementos abandonados, ve la imagen divina oscurecida por los pecados y lucha fervientemente para reconducir el alma a su estado de imagen y semejanza de Dios" (Teoclit Dionisiatul, Dialoguri la Athos, vol. I, traducere Pr. Ioan I. Ică). No negamos ni desconsideramos la otra forma de alcanzar la salvación, camino que eligen la mayoría de creyentes, el de la vida marital. Pero sólo quiero evidenciar un aspecto de la vida monacal que es casi desconocido por parte de los laicos: la vestimenta de los monjes y monjas. Junto al oficio (litúrgico) con el que se accede a la vida monacal, el candidato (o candidata) recibe las vestiduras que le habrán de recordar constantemente la vocación que ha elegido. Algunos podrán ver en la vestimenta monacal una especie de uniforme. Muchas categorías profesionales se distinguen por los ropajes que se utilizan para su práctica: médicos, soldados, policías, bomberos, marineros. Entonces, ¿La vestimenta monacal es un simple uniforme? Más de alguno diría que sí! En apariencia, esto es una verdad parcial, porque el uniforme monacal le da al monje la sensación de estar reclutado, pero también que se encuentra en una batalla permanente, no para avanzar en rango y dignidad terrenal, sino para asaltar el Reino de los Cielos.

Las vestimentas monacales envuelven al monje en distintos sentidos expresados mediante símbolos, de los que debe ser siempre consciente. Estas trasmiten algo que está más allá del material de que están hechas y de su propia forma: la expresión de la imagen espiritual que debe investir al eremita, la representación de un hombre nuevo, de un discípulo de Cristo, quien ha elegido la renuncia total y la entrega especial, distinta a la de los demás cristianos. La vestidura del monje, junto a sus muchos símbolos, tiene también una particularidad relacionada con su color, que caracteriza al monje, indicando su estado de permanente sacrificio.


Sobre las vestimentas delos monjes encontramos muchas referencias en los textos dejados por los Santos Padres. Entre estos, San Basilio el Grande, escribe sobre el hecho que las vestimentas monacales deben distinguirse de las de los laicos, por dos razones: la primera, para indicar el llamado monacal, pero que también en la misma vestidura se muestre una exhortación para vivir según la forma elegida. En las formas litúrgicas actuales, el oficio de tonsura preve la investidura del monje o monja con los siguientes elementos: camisa, paraman, dulama, potcapul, rasa, manta y camilafca. Se observa que el porte del monje está constituido por siete piezas principales, para demostrar que la vida plena a la que está llamado el monje, se alcanza mediante los siete Dones del Espíritu Santo. Aunque, claro está, junto a dichas piezas, el monje recibe, en el oficio de consagración, además, el cinturón, las sandalias, la metania y la cruz.

Volvamos al dilema de algunos, que por qué se eligió el color negro para las vestiduras de los monjes y monjas ortodoxas. El negro es un color controversial. Por una parte está asociado a lo oscuro, a la hechicería, y por otra parte, a la solidez y a la confianza. Al mismo tiempo inspira autoridad y poder, y por otra, desesperación, aflicción, dolor pero también constancia, prudencia y sabiduría. Aún más, muchas veces el color negro es la imagen de la penitencia y el sufrimiento. Así, en el caso de los monjes, el negro es un signo de renuncia a lo vano del mundo. El monje está muerto para el mundo y, por eso, su imagen exterior es negra, al tiempo que en su interior todo debe ser blanco, como la luz. El negro representa también las entrañas de la tierra de donde comenzó la renovación del mundo, por medio del nacimiento en un pesebre, del Santo Hijo de Dios.  De esta manera, el monje, vestido en negro, se expone a una metamorfosis intensa de renovación espiritual, porque vistiéndose de ese color, vive permantentemente una muerte en misterio, la anticipación de un verdadero nacimiento. Él muere para el mundo, naciendo en Cristo. 

Arcrhim. Mihail Daniliuc

Traducción libre del texto publicado en doxologia.ro

Sobre la oración que nace del corazón. P. Arsenie Papacioc.

sábado, enero 12, 2013 Posted by JDavidM


- Personalmente no prefiero tanto una rutina de oraciones. Desde luego que es útil, sobre todo porque ayuda a disciplinarse. Pero no se debe orar por rutina. Eso sí, hay que ser sistemáticos en el deseo de elevarnos espiritualmente... Para esto no es estrictamente necesario orar estructuradamente. Más bien, es necesaria una presencia continua de corazón, ese estado permanente de amor, de relación con Dios, que es la esencia de la oración. Porque también un silencio profundo es una oración profunda. Y una oración profunda significa un silencio profundo.

Si oras porque es tu obligación hacerlo, hazlo. Pero cuando se ora por obligación, al terminar, la persona siente que cumplió con su deber de orar de corazón y se queda sin nada de lo que debería permanecer luego de la oración. Por eso yo prefiero un continuo despertar espiritual. También por eso les digo que cualquier segundo puede ser un tiempo completo y cualquier suspiro puede ser toda una oración. Un suspiero no se hace así "Uff...", sino que lo diriges a Dios, como partiendo desde tu más profundo interior hacia Él. Así Dios se nos muestra. Porque Él no se muestra a las mentes más preparadas. "No todo el que diga 'Señor, Señor' entrará en Mi Reino!". cino que sólo aquel que tiene el corazón limpio, el que dirige permanentemente su corazón hacia Él. Entonces, una vida continua de presencia espiritual es clara señal de un hombre espiritual. Porque, si oras, estás siempre presente. La oración, digamos, "típica" (rutinaria) puedes apresurarte a terminarla en media hora, una hora, pero ¿y al final? No les digo que renuncien a este tipo de oración, pero que no sea éste el único trabajo espiritual, la única forma de orar que practiquen. Si lees una paráclesis, está muy bien, o si sigues algún otro libro de oraciones. Pero lo que, de hecho, debe saberse y entenderse, porque es algo casi indiscutido, es la presencia continua del corazón. Y así, ora. Porque así oraban los santos y muchos de ellos permanecían de rodillas hasta el amanecer. Eso no quiere decir que nosotros, por no ser como ellos, mejor no oremos. Pero se trata, insisto, de un estado de presencia continuo.

- Padre, ¿cualquier persona puede practicar la oración incesante?
- De cierta manera, todos pueden hacerlo. Pero la pregunta en sí sobre la oración o cualquier discusión de este tipo sobre la oración es nula, porque racionaliza las cosas. Quien quiera tener el don de la oración, que calle y que ore. Una oración  profunda es un silencio profundo.

(Orando así) Se constata un claridad inmediata, una liberación de las tentaciones, porque se pide la ayuda del Soberano de los cielos y de la tierra. El mundo debe acostumbrarse a la idea que Dios gobierna y hace cualquier cosa por el hombre. "Sin Mi no pueden hacer nada". Aún más, "No se mueve ni siquiera un cabello sin Mi voluntad". ¡Se dan cuenta de cuánto nos ama?

Permanezcan con perseverancia en la Iglesia, queridos mios! Y repitan esta pequeña oración de la mente y del corazón.  Es el poder del nombre de Quien tanto nos auxilia. En donde estén, en donde haya aflicción, oren, no desfallezcan.  Amen mucho! Cristo así nos lo manda!

Traducción libre del texto publicado en razbointrucuvant.ro

La oración verdadera nunca cesa. P. Roman Braga.

viernes, enero 04, 2013 Posted by JDavidM





- Padre, ¿Qué debemos hacer para amar mucho más a Dios, para sentirlo más cerca de nosotros?

 

- Debemos hablar con Él. Debes sentirlo en ti, no fuera de ti, en el exterior; debes sentirlo en tu interior, en tu corazón, porque nuestro corazón es infinito, ya que en él vive Cristo desde nuestro bautizo. Una persona tiene ciertas dimensiones infinitas, las de su personalidad; en lo profundo, la persona humana es eterna. En esta profanidad nuestra está Dios, de acuerdo a lo que repite tantas veces San Pablo “Ustedes son iglesia del Dios vivo”.

Entonces, no dirijamos nuestra oración a un rincón, porque Dios no es material o espacial como para ponerlo en un solo rincón y decir “¡Ahí está Dios!”.  Ensimísmate y dirige desde el corazón tu oración a Dios y así sentirás Su presencia. Hablar con Dios te ayuda a sentir la presencia de Dios. Cuéntale a Dios cuando tienes hambre, cuando tienes sed, dile a Dios que vas a viajar a tal lugar, habla con Él cuando vayas en camino, enséñale lo bellas que están las flores. Habla con Dios de todo, “Señor, ¿Qué hago? Fíjate que tengo que tengo que hacer esto y esto; tengo hambre, voy a ir a comer un pedazo de pan”; puede parecer cosa infantil, pero toda conversación con Dios se convierte en oración.

Porque, ¿Qué es la oración? Es una continua comunicación de la persona con Dios. Recuerden lo que dice San Pablo en la Carta a los Tesalonicenses: “Oren sin cesar”. ¿Cómo lograba él orar sin cesar, cuando todo el tiempo fue un hombre muy activo? Hizo tantas iglesias, escribió tantas epístolas, hizo tantas cosas… No podía, entonces, estar permanentemente de rodillas, orando.  Entonces, pensó lo siguiente: hay que sentir todo el tiempo la presencia de Dios, en el corazón. De hecho, los Santos Padres de la Iglesia así definen la oración: la oración es sentir la presencia de Dios. Orar no es solamente leer algo en un libro. Es algo que deben saber también los jóvenes. No se trata solo de hacer una oración por la mañana y, listo, se acabó por hoy. Alguna vez habrás pensado “¡Ah, no terminé de hacer mis oraciones!”. Pero la oración no se termina nunca. Habla con Dios como si fueras un niño, ¡porque somos los pequeños de Dios! Y este hablar infantil con Dios te traerá el sentimiento de la presencia íntima de Dios en tu corazón. Existe un refrán conocido entre monjes: “Si oras sólo cuando oras, entonces no oras en absoluto”. Si sientes la presencia de Dios en ti, entonces te encuentras en ese estado de oración. El individuo en sí se vuelve una oración, porque tiene ese estado de oración, no momentos de oración,… no momentos en los que ora y momentos en los que no. Eso sería terrible. Debemos sentir todo el tiempo la presencia de Dios en nosotros.

Cuando digas “¡Señor!” está seguro que Dios vuelve Su rostro hacia ti y espera a que le digas algo. Cuando estás ocupado, permanece atento a lo que haces. Cuando hables, piensa siempre lo que dices. Pero, si tienes tiempo, 2, 3, 4 minutos o incluso hablando con otras personas, puedes decir. ” ¡Señor Jesucristo, tennos en cuenta, ayúdanos!” O “¡Señor, Bendice a estas personas!”.

Traducción libre de un fragmento del texto publicado en www.putna.ro

¿Por qué Dios envió a Su Hijo al mundo? San Serafín de Sarov.

jueves, enero 03, 2013 Posted by JDavidM


Las razones por las cuales Jesucristo, el Hijo de Dios, vino al mundo, son las siguientes:

1. El amor de Dios por la humanidad. "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo Único (Juan 3. 16).

2.  La restauración de la imagen y semejanza de Dios en la humanidad caída, así como todavía lo celebra la Santa Iglesia (el primer canon de los maitines de la Natividad de Cristo, canto 1). "El hombre, aún habiendo sido creado a imagen de Dios, corrompióse por el pecado, llenándose de maldad, cayendo lejos de la mejor vida Divina, por lo que el sabio Creador restauró nuevamente."

3. La salvación de nuestras almas. Porque Dios no envió a Su Hijo al mundo para condenar, sino para que el mundo a través de Él fuera salvado. (Juan 3, 17).

Y, de igual manera, de conformidad con los propósitos de nuestro Redentor, el Señor Jesucristo, deberíamos vivir de acuerdo a esta Divina enseñanza, de manera que podamos obtener la salvación de nuestras almas. 


San Serafin de Sarov, “The Reasons Why Jesus Christ Came into the World”
Tomado de  simplyorthodox.tumblr.com/

Carta pastoral de la Navidad, IPS Teofan.

miércoles, diciembre 26, 2012 Posted by JDavidM






"Yo no vivo más, sino Cristo vive en mí” (Gálatas 2, 20)

Amados hermanos, sacerdotes y cristianos ortodoxos, 

En la misericordia del Señor y bajo Su protección, vivimos en estos días la felicidad de celebrar el Nacimiento de Cristo, la llegada de un nuevo año y la proximidad de la Epifanía. El canto de los villancicos ya ha entrado en nuestras casas, nuevamente nos encontramos con nuestros seres queridos en una cálida atmósfera de familia, de tal forma que las dificultades de un año lleno de problemas no se resienten tan duramente. 

Un momento de paz, entonces.  Ahora, en nuestras iglesias, con los santos oficios, exaltamos el Nacimiento de Cristo, siendo llamados a acercarnos mucho más al gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. “Grande es el misterio de la fe correcta”, exclamamos en estos días junto al Santo Apóstol Pablo. 

“Dios Se ha revelado en cuerpo, Se ha tornado en el Espíritu, ha sido visto por los ángeles, Se ha dado a conocer entre pueblos, ha sido creído por el mundo, Se ha elevado en gloria”.

¿Por qué sucedió todo esto? ¿Cuál es el propósito del descenso de Dios a la tierra? ¿Cuál es el significado de estos silenciosos e impresionantes misterios?

La Divina Escritura, los Santos Padres y la consciencia litúrgica de la Iglesia atestiguan, de igual manera, la gran verdad de la Encarnación del  Hijo de Dios y los efectos  de este suceso para la vida del mundo. Dios Se encarnó para “salvar a Su pueblo de sus pecados [2]. “Encarnándose en la Santa Virgen”, dice el Gran Basilio, Dios “Se humilló a Sí mismo, adquiriendo imagen de siervo, haciéndose semejante a nuestro simple cuerpo, para asemejarnos, a su vez, a la imagen de Su gloria”. [3] “Cielo y tierra hoy se han unido, naciéndose Cristo”, canta la Iglesia en las vísperas de la Navidad “Dios a la tierra ha venido y el hombre a los cielos ha subido” [4]

Amados hijos e hijas espirituales,

Hace dos mil años, “al cumplirse el tiempo”[5], como dice el Santo Apóstol Pablo, Dios descendió entre nosotros, los hombres. Por obra del Espíritu Santo, Cristo nació de la Purísima Virgen María, vivió entre nosotros los hombres, nos reveló la verdad, sufrió de una muerte de cruz, resucitó al tercer día y subió al cielo. 

El Nacimiento, la Muerte, la Resurrección y la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, son eventos que sucedieron en un determinado momento de la historia humana, en un lugar determinado, entre personas concretas, que luego darían testimonio de todo esto acontecido.

¿Tienen, acaso, estos sucesos, un significado puramente histórico o son vistos también a través del prisma de los alcances que tendrían y aún tienen sobre la existencia humana y del universo en general? La respuesta es sólo una: todo eso sucedió “por nosotros y por nuestra salvación”, así como decimos en el Credo, como un brotar incesante del amor de Dios hacia Su creación. “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo Unigénito para que todos crean en Él y no se pierdan, sino que tengan vida eterna” [6], diría el mismo Cristo.

Bendecido con semejante don divino, el hombre es llamado a abrirse para cumplir en plenitud con el misterio de la salvación en su propio ser. Si Dios descendió a la tierra, el hombre está llamado a elevarse a los cielos. Si Dios Se encarnó y Se hizo hombre, el hombre está llamado a recibir el Espíritu Santo y a deificarse. Si Dios se encarnó en el vientre de la Virgen, el hombre está llamado a prolongar en sí mismo el misterio de la Encarnación, el misterio del Nacimiento de Cristo. 

Amados hermanos y hermanas en Cristo el Señor, 

El Reino de los Cielos es dada incluso desde este mundo a los que se convierten en “templo del Espíritu Santo” [7] y confiesan, junto al Divino Pablo: “Yo no vivo más, sino Cristo vive en mí” [8]. Esto es el cumplimiento de lo que Nuestro Señor Jesucristo testificaba orando antes de su Pasión: “Estos”, es decir, quienes siguen a Cristo, “que en Nosotros sean uno, así como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti (…) Yo en ellos y Tú en Mí, para que ellos también sean plenos en la unidad” [9].

La vida entera de la Iglesia está centrada en la plenitud, en el mismo ser de los hombres, de esta oración: Que Cristo, con el Padre y con el Espíritu Santo estén en nosotros, y que nosotros, en nuestro cuerpo y alma, estemos en Dios. El hombre, afirma San Simeón el Nuevo Teólogo, está llamado a “hacerse familiar a Dios y también casa, y morada de la Trinidad divina, viendo claramente al Creador y Dios suyo, hablando con Él cada día”[10]. A pesar de sus pecados, de sus debilidades de toda clase y de las muchas heridas provocadas por aquellas en su alma, el hombre es llamado a no cesar en la oración para devenir casa de Dios.

“Señor, Dios nuestro (…) así como desde las alturas Te dirigiste hacia nosotros, inclínate también ahora hacia mí para hacerme humilde. Y así como bien has querido yacer en un pesebre, en un cobertizo para animales, así también ten a bien entrar en el pesebre de mi alma y en mi impuro cuerpo” [11], repetimos en la oración de preparación para recibir la Santa Eucaristía. 

La presencia de Dios en el corazón, en la mente, en el alma, constituye el tesoro más valioso del hombre. Es “el tesoro” descubierto en el vergel, que merece cualquier sacrificio para ser encontrado. [12]; Es “la perla más valiosa”, para la cual ningún esfuerzo es demasiado si deseamos obtenerla. [13].
Sin la presencia de Dios en el hombre, éste no tiene el don de la oración verdadera [14], no conoce la dulzura de la humildad, no entiende la felicidad del perdón a los adversarios, no comprende el objetivo de todo lo que le sucede a él, a lo que le rodea, al mundo. Esto, porque sólo “el dedo de Dios sacude las cuerdas de la mente y las pulsa con el canto verdadero”[15], como dice San Simeón el Nuevo Teólogo. Porque sólo “Dios, Quien habita en el hombre,  le instruye sobre lo futuro y lo presente, no con palabras, sino por medio del mismo hecho, por la experiencia y la realidad” [16]. Todo eso debido a que la vida cristiana no se fundamenta en “las sugestivas palabras provenientes de la sabiduría humana”, como dice el Santo Apóstol Pablo, “sino en la certeza del Espíritu y de los poderes (…) en la sabiduría en misterio de Dios” [17].

Amados fieles,

El misterio del Nacimiento de Cristo es vivido, entendido y testificado en su verdadero sentido, por medio de la presencia del mismo Cristo en el corazón, en la mente, en todo el ser. “El alma del  hombre está destinada a ser pura y ser madre”, dice San Máximo el Confesor. El alma del hombre está llamada a ser limpia o purificada, simple y sin ninguna maldad, semejante al alma y cuerpo de la Virgen María, para recibir, en misterio, a Cristo. Por medio de la vida en pureza, con la oración y por el amor hasta el sacrificio, el hombre confiesa su fe en Cristo, dándole entonces a luz, como una madre, en el alma y en la vida de sus semejantes. En este sentido, la vida del hombre es un Belén permanente, un esfuerzo indeleble para recibir a Cristo en su ser y dar su propia vida, ya portadora de Cristo, en servicio a los demás.

¡Es este un camino duro! ¿Quién puede andarlo? La respuesta nos la da el mismo Señor Jesucristo: “Lo que para el hombre es imposible, es posible para Dios” [18]. Nos atrevemos, así, a anhelar que por nuestra fe ferviente en Cristo, Redentor del mundo, por nuestra fuerte esperanza en Su eterna misericordia, por el amor incansable a Dios y a nuestro prójimo – amigos o enemigos – el hombre se acerca a lo que los Santos Padres llamaron “vida en Cristo”, “consecución del Espíritu Santo” o  “el abrazo amoroso y misericordioso de Dios Padre”.

La humildad, único camino que enaltece, el perdonar, único medio para ser perdonados, la caridad, única manera de hacer deudor a Dios, la oración, único modo de elevar al hombre al cielo, la Divina Liturgia, única forma que trae a Cristo en Cuerpo y Sangre, son, de igual manera, las vías por medio de las cuales el hombre es ofrendado en su ser con el mismo Cristo y le da a luz en el corazón de los demás. El esfuerzo continuo de desvestirse del “dulce veneno” de la falsa imagen de sí mismo, es decir, del orgullo, considerado “la esencia profunda del pecado y del infierno” [19], libra al hombre del obstáculo más grande que podría encontrar el introducir a Dios en todo su ser.

Cristianos de los monasterios y cristianos laicos, todos formamos el pueblo llamado a tener al Dios justo “Camino, Verdad y Vida”. La Fiesta de la Natividad del Señor es un estímulo grande para concienciar en este llamado, así como en la necesidad de una respuesta frente a éste.

Le ruego a Cristo el Señor para que nos guarde bajo el cuidado de Su misericordia. Que nos perdone todas las faltas que hemos cometido en contra de Su amor y en contra de nuestros semejantes en el año que ahora termina. Que el Señor esté con nosotros, en la familia de cada uno, en el monasterio o parroquia de la que seamos parte, en Moldova, en nuestro país y en el mundo, durante todo el año entrante y a lo largo de toda nuestra vida.

¡Que la Festividad del Nacimiento del Señor traiga para cada quien felicidad santa, pan y vino sobre la mesa y, sobre todo, paz y buena voluntad entre todos los hombres!

¡Muchas felicidades!

Su humilde rogante ante Dios,

† Teofan

Metropolitano de Moldova y Bucovina


Notas bibliográficas
[1] 1 Timoteo 3, 16.
[2] Mateo 1, 21.
[3] Divina Liturgia de San Basilio el Grande, Arzobispo de Cesárea y Capadocia. .
[4] Verso segundo, tono I, La Litie, en Mineiul pe Decembrie, Editura Institutului Biblic și de Misiune al Bisericii Ortodoxe Române, București, 2005, p. 434.
[5] Gálatas 4, 4.
[6] Juan 3, 16.
[7] 1 Corintios 6, 19.
[8] Gálatas 2, 20.
[9] Cfr. Juan 17, 21.23.
[10] San Simeón el Nuevo Teólogo Cateheze, Scrieri II, traducido por Diac. Ioan I. Ică jr., Editura Deisis, Sibiu, 1999, p. 150.
[11] Segunda oración, de San Juan Crisóstomo, del Canon de para la Sagrada Eucaristía.
[12] Mateo 13, 44.
[13] Mateo13, 46.
[14] Romanos 8, 26; Gálatas 4, 6.
[15] San Simeón el Nuevo Teólogo op. cit., p. 139.
[16] Ibidem, p. 181.
[17] 1 Corintios 2, 4.7.
[18] Lucas 18, 27.
[19] Archimandrita Sofronio, Cuvântări duhovnicești, vol. I, traducido del ruso por Ierom. Rafail (Noica), Editura Reîntregirea, Alba Iulia, 2004, passim.
[20]Cfr. Juan 14, 6.


Traducción libre del texto publicado en:
http://www.doxologia.ro/pastorala/emanuel-dumnezeu-este-cu-noi